LOS CAPITANES DE UN BARCO LLAMADO «RACING»…

Gran texto de Alan Correa, que resume a al perfección el Racing, capitaneado por Milito y el Racing capitaneado por Licha. Todas las herramientas para que vos saques tus propias conclusiones.

Por: Alan Correa.

Mediados de 2014. Un Racing apático no encontraba el rumbo de la mano de un Reinaldo Merlo que, junto con su desempeño allá por el 2006, sumaba argumento a la teoría de «las segundas partes nunca fueron buenas». Un técnico joven sorprendía en el Nacional B, imponiendo una idea de juego vistosa en un categoría tan difícil como el ascenso, y con el humilde Defensa y Justicia, un club del sur del conurbano Bonaerense con menos de cuarenta años compitiendo en torneos AFA. Víctor Blanco, uno de los pocos que no abandonaron el barco después de los bochornosos vaivenes de la interna dirigencial, tomaba la posta y se aseguraba, antes de que finalizar el campeonato, la llegada de Diego Cocca. El ex entrenador de Godoy Cruz se iba de Varela dejando al Halcón el primera división, algo inédito.

Pero lo extraordinario sucedía mientras los ojos de los argentinos se posaban exclusivamente en el Mundial de Brasil 2014. Por lo bajo, sin espamentos y con sólo una modesta conferencia de prensa, un niño prodigio de la casa volvía al lugar donde se formó. Once años debieron pasar para que Diego Milito cumpliera con esa promesa de regreso que tácitamente se había instaurado en el hincha allá por el 2003. Volvía un Milito con más grande: en edad, en profesionalismo y en humanidad. Ganó todo lo que estuvo a su paso en el viejo continente. Y su vuelta fue aún más próspera de lo que prometía. Comenzaba un ciclo y un hombre con la 22 en su espalda se encargaría de que éste esté cargado de existos.

Milito llegaba para aceptar las responsabilidades y preparado para ser el capitán que un equipo sin autoestima necesita. Antes de su regreso, sabía a lo que se enfrentaría y su preparación para lo que se avecinaba era perfecta.

Pero una cosa totalmente diferente es la práctica, y más dentro de la irregularidad que el fútbol argentino ofrece. El torneo de transición del 2014 fue el mejor curso intensivo que el ex Inter pudo tener, y los vaivenes que su equipo atravesó fueron las mejores pruebas. Diego Milito se hizo capitán al andar. La idolatría la obtuvo a base de hechos y resultados.

Y los malos momentos que Racing atravesó en esos días, que además hicieron tambalear al cuerpo técnico en un año sumamente complicado por el contexto político del club, forjaron el carácter del líder. La dura derrota en el clásico, eliminación de la Copa Argentina frente a Argentinos Juniors, las lesiones y la poca fortuna fueron grandes obstáculos. Pero también significaron un quiebre, un punto de inflexión.

Un cachetazo que despertó al equipo de su siesta. De todas formas, el campeonato en su totalidad fue una lección, y la mayor prueba de esto fue el incidente entre el capitán y Diego Cocca, en la agónica victoria frente a Quilmes 1 a 0 en el Centenario. Diego sabía de objetivo, ambición y amor a la camiseta, pero se equivocaba en las formas. Nadie se atrevió a criticarlo, pero todos sabían que su comportamiento ese día fue un error. Él entendía eso mejor que nadie, y su actitud dio un giro desde ese día.

Así como Cocca supo cambiar y no morir en la suya cuando los resultados no acompañaban, Milito también supo cambiar a tiempo. Ese título coronó a un hombre como pasta de líder y alma de ídolo, pero sus logros superaban lo deportivo y las estadísticas. Diego significó un cambio de paradigma en todo el mundo Racing. Los puntos de vista y las actitudes dieron un giro de 360 grados. Esto se vivió durante todo el 2015. El Racing Positivo estaba a la vista: en lo deportivo, en la hinchada, en lo dirigencial. El equipo tenía jerarquía y podía jugarle de igual a igual a cualquiera. La Libertadores de ese año se escapó por errores infantiles y la definición de la Liguilla frente a Independiente fue el premio el buen trabajo realizado en toda la temporada.

Y también era otra fichita para un 22 que acrecentaba su figura y amagaba con el retiro. Esas dudas en su decisión no eran chiquilinadas, show ni necesidad de llamar la atención: era otra prueba de la prudencia que ganó en su regreso.

Sin embargo, luego de esa histórica victoria en diciembre frente al clásico rival, lo construido en un proceso que tan sólo duró un año y medio iría desmantelándose. En primer lugar, la ida de Cocca significaría un quiebre. La academia caería en una sucesión de técnicos que nunca le terminarían de dar una impronta propia al equipo. El entrenador campeón se iba por la puerta grande, pero dejaba una herida muy difícil de cicatrizar. El retiro del príncipe en junio del 2016 concluiría este período exitoso que él comenzó. Su legado sería inmenso, pero para que éste surta efecto, precisaba un acompañamiento constante con un estructura que traspase lo futbolístico. Y esto no existió.

Ciertos jugadores o personalidades conllevan una relevancia tan importante que no su ausencia no puede ser suplida simplemente por otra persona. En cambio, deben ser reemplazadas por un sistema más complejo que engloble todo. Algo similar, salvando las distancias, ocurre con Lionel Messi en la selección. El equipo sufre horrores cuando por distintos motivos la pulga no puede estar presente. Es que intentan reemplazarlo por otro jugador que cumpla la misma función, sea Gaitán, sea Banega o hasta el mismo Dybala, pero ninguno, por más que sean excelentes jugadores, puede hacer olvidar al astro del Barcelona.

Y ahí es donde todos los problemas que el Lio tapa con su talento salen a la luz. En Racing pasó exactamente lo mismo, porque ante la ida de Milito, la estructura que apañe todo lo logrado nunca existió. Y tanto hinchas como directivos, y hasta la misma prensa, creyeron que quedaría un sucesor, pensando que este sería igual. Y Lisandro López no es Diego Milito. ¿Esto significa que no tiene la capacidad de igualar lo que Milito generó? No, simplemente son distintos. El amor por el club se repite en ambos, pero se diferencian rotundamente en formas y actitudes.

El ser humano todo el tiempo busca reemplazar una figura que ya no está con otra aparentemente similar que llene el vacío que quedo. Y eso es lo que hizo mucha gente con la partida de Milito. Diego había contruido su figura y su caracter para llevar la cinta en el brazo. Vino preparado para eso. Lisandro no. López llegó con la idea de que el 22 era el líder y ante su retiro, se topó inesperadamente con una resposabilidad a la que no podía decirle que no. Incluso otros jugadores, como Luciano Aued, querían adueñarse de ese compromiso que habían seguido tan de cerca durante dos años, con Diego Alberto como maestro. Pero la gente se manifestaba en las redes y veía a Licha como «el heredero».

Quizás sea el heredero, porque tiene el carácter, la personalidad y el talento para hacerlo, pero sin dudas no da la manera en que lo era Milito. No porque esté mal, repito, sino que el camino que Diego eligió para el éxito no es el único. Eso es lo esencial para evitar decepciones. Porque el 22 aprendió a callarse o declarar con soltura para poner a Racing primero antes que a su imagen personal. Y eso le trajo excelentes resultado. Su orgullo desaparecía al menos por un momento y, aún mordiéndose el labio para no soltar una palabra que genera polémica, la declaración era sensata. Licha no elige en su camino. Es de los hombres más honestos y espontáneos dentro de un fútbol tan podrido como el argentino. Por eso, muchas veces mostraba una autocrítica descomunal al micrófono y alguna que otra cita que ocupaba los titulares de los medios partidarios. Abría un debate muy complejo donde todo el mundo estaba autorizado para hacer un juicio de moral y decidir si lo que el 9 decía era correcto o no.

Pero, lejísimo de ser un líder negativo, López demostraba más con acciones que con palabras. Luego de una semana complicada con declaraciones que denotaba una supuesta ruptura en su relación con Zielinski, jugaba un partidazo para el recuerdo con doblete incluido en la victoria 3-0 frente a Independiente en el Cilindro. Mejor prueba que esa, imposible.

«Rechace a Boca, Brasil y China porque estoy en el lugar que quiero estar», declaraba un par de días atrás Lisandro. Sin dudas, tiene las cualidades para ser el heredero, pero optando por otro camino. Su camino. Cargado de amor por el celeste y blanco, con ese numero 9 que cubre toda su espalda y siente la calidez de una abrazo de gol de un compañero. Porque quizás él celebre con su índice en la sien y esté loco, pero este demente puede llevar a Racing a lo más alto. Sólo hay que saber comprenderlo.

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